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jueves, 13 de junio de 2013

IL CERVO BIANCO-.-EL CIERVO BLANCO.




Que la lectura de esta narración, 
inspirada, escrita en el 1983, por una niña, 
una joven Italiana, Carla, 
pueda hacer de cada uno de nosotros 
un "Ciervo Blanco".
              

Che ascoltando questa narrazione, 
inspirata, scritta nel 1983, da una bimba,
una giovane italiana, Carla,
possa fare di ognuno di noi
un "Cervo Bianco". 
(Si queréis pausar la lectura con la voz de Eugenio Siragusa, clicar en pause , si lo queréis, podéis seguir la lectura con su voz). 

EL CIERVO BLANCO

IL CERVO BIANCO.

Había una vez –como en los cuentos de hadas- un ciervo blanco que moraba en las laderas de una montaña majestuosa.
Era regio de aspecto; un verdadero rey de su especie, con grandes cuernos, semblante fiero y dos ojos luminosos y dulces.

Vivía allí desde hacía tiempo, mucho tiempo; se decía que desde siempre; pero, naturalmente, eran solo habladurías.
Cuando pasaba, todos lo miraban con alegría porque su aspecto era muy agradable, y él aceptaba aquellos silenciosos homenajes con naturalidad, como si le fuesen debidos, y también porque desde que hacía nacido, todos los animales de la montaña se comportaban así con él.

A los pies de la montaña se extendía un gran lago donde los hombres, aquellas criaturas que tanta curiosidad despertaban en el animal, pescaban con barcas y redes.
Le gustaba observarlos entre las hojas de los matojos; asimismo tenía cuidado de no dejarse ver, en parte porque era tímido y en parte porque le daban mucho miedo.
Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, así que, de cuando en cuando, les espiaba desde su escondite secreto.

Un día vio una gran multitud en la orilla del lago; era en verdad una gran muchedumbre. 
Nunca había visto tantos hombres así juntos.
Se preguntó -¿qué harían?- y para descubrirlo se aproximo lo más cerca posible. No se oía volar una mosca a excepción de la voz de un hombre que hablaba desde una barca.
El sonido de aquella voz era armonioso, como la voz de la naturaleza que él conocía tan bien; una voz tan rica en sonidos melodiosos, dulces, que al oírla producía una gran paz.

El ciervo blanco no comprendía lo que decía aquel hombre, pero le gustaba escuchar. Igual que a aquella multitud de gente. Le escuchó hasta que el hombre, con algunos compañeros suyos, se alejó de la orilla y se hizo a la mar.
El pobre animal le quedó dentro una inquietud extraña, un vacío, un ansia que le empujaba a seguir a aquel hombre para escuchar de nuevo la melodía de aquella voz.
No conseguía marcharse de allí para regresar a su cueva, a pesar de que anochecía y tenía mucho miedo.

Después de haber cortado acá y allá las tierna yemas de las matas cercanas, se agazapó entre los brazos de la hierba fresca de rocío, decidido a esperar el regreso de su melodía.

Las horas pasaban y la noche era cada vez más cerrada.
De repente un temblor pasó por su frente.
El ciervo blanco levantó la cabeza asustado, olfateó el aire y su sensible sentido le dijo que estaba llegando una tempestad.

Abajo, las aguas del lago se volvían cada vez más agitadas; grandes olas perturbaban su superficie.
En la lejanía, la barca parecía en dificultad y, en el estruendo de la tempestad, se oían las voces conmocionadas de los hombres que invocaban y pedían auxilio.
El ciervo blanco estaba sorprendido y atemorizado, pero todavía no se iba de allí. Se sentía inmovilizado y nada hubiera podido inducirle a que se marchara.
La tempestad arreciaba violentamente; los aullidos del viento eran siniestros y las olas cada vez más altas.
El ciervo tuvo miedo por los hombres que sobre la frágil embarcación luchaban contra la fuerza de la naturaleza. Pero de repente sobre el agua, apareció una luz purísima que se desplazaba lentamente hacia la barca y cuando la hubo alcanzado la tempestad se aplacó al instante. Las aguas del lago se calmaron; la naturaleza recobró su armonía y a la barca le fue posible alcanzar la orilla.

Las primeras luces del alba comenzaron a aparecer y el ciervo trotó hacia la orilla donde los hombres posaban la barca y se preparaban para un frugal desayuno con pan y peces.
Entre aquellos hombres, el ciervo divisó al de la voz melodiosa; estaba ahora muy cerca; sentía cabriolear su corazón.
Tenía un gran deseo de bramar con fuerza para expresar toda la alegría que sentía dentro; se aproximó de nuevo, abandonada ya toda prudencia.

Avanzaba sin miedo hacia el hombre que tanto le había impresionado.
Se paró un momento para olfatear el aire y en aquel instante el hombre levanto  los ojos.

El ciervo le pareció como si toda la fuerza de su ser le hubiese abandonado.
Sintió que la rodilla se doblaban bajo a aquella mirada dulcisima e intensa. El corazón comenzó a latir con fuerza y tuvo un gran deseo de huir y esconderse, pero permanecía donde estaba.
El hombre sonrió y levantó la mano para que se acercara. El ciervo blanco, casi en éxtasis, obedeció aquella amorosa invitación y se acurrucó a sus pies. Después el hombre comenzó ha hablar.
Su melodía calmaba el pequeño corazón alborotado y una gran paz acudía a su ser. No supo nunca cuánto tiempo voló en aquel éxtasis, pero cuando se recuperó de nuevo, el hombre se iba de allí y, en aquel instante, comprendió que nunca más podría separase de él.

Comenzó a seguirlo día y noche, durante mucho tiempo.
Le vio caminar por ciudades y desiertos asolados; apagar su sed en los pozos y en las fuentes. Le escuchó hablar a los hombres que le observaban fascinados; sentía cada vez más la gran paz que emanaba de aquel ser.

Le vio alegrarse, sufrir, ayudar a los que sufrían, los hombres sencillos que escuchan su palabra se iban con una luz nueva en el rostro.

Todo esto le parecía sublime, aunque se le escapaba la esencia de lo que estaba sucediendo.
Vio también seres, cuyo corazón era sombrío, que procuraban ponerle en dificultad y hacerle incurrir en contradicción; en aquellos momentos la mirada del hombre se volvía inmensamente triste.
El ciervo se enfurecía y pataleaba pero, pronto, aprendió que nada podía arañar la pureza y la majestuosidad de aquel hombre. Sobre él todo resbalaba, como el agua sobre las plumas del pato que nadaba en el estanque de la montaña.

¡El estanque!... ¡La montaña!...
¡Ahora parecían tan lejanos!, pertenecían a otro mundo, un mundo irreal.
Ahora el único deseo del ciervo era seguir a su melodía y sentir sobre sí mismo la mirada luminosa del hombre que de cuando en cuando buscaba la suya y sonreía. Estaba satisfecho y feliz. No pedía nada más.

Una noche, a pesar del cansancio, no conseguía dormirse.
Se encontraba en un olivar, al alcance de la mirada de su ídolo, pero percibía algo extraño en el aire; una extraña tensión que no gustaba del todo a su sensible naturaleza. Alzaba continuamente el hocico para olfatear el aire. Se levantaba y miraba al hombre que, un poco apartado de los demás, estaba de rodillas.
Volvía a costarse y no conseguía tener paz.
La noche era ya muy oscura y al ciervo le pareció oír un lamento. Se puso de patas con un brinco y vio al hombre doblado sobre sí mismo. Se aproximó después y tuvo la confirmación de que aquel sonido lastimero provenía precisamente de él.

Sin dudarlo trotó hasta su lado. Le miró un instante con la cabeza ladeada como para preguntarle qué tenía, cuál era la pena tan grande que pesaba sobre su corazón.
Después, él levanto su cabeza..., su frente estaba empapada de sudor, un extraño sudor color sangre...
El ciervo blanco le miraba aturdido y demasiado asustado para saber qué hacer.
El hombre con un gesto cansado, le invitó a apoyar la cabeza sobre su regazo. Le tocó en la frente, y después le habló:

  • “Amigo mío, solo tú en esta hora de sufrimiento, has permanecido velando conmigo. Mira, -dijo indicando a los otros hombres dormidos-, ¿ves?, aún los que más amo me están lejanos. Me están lejanos. No han sabido velar conmigo”.

El ciervo blanco pasaba de un estupor a otro. No comprendía cómo de repente, por aquel simple toque, toda la armonía de aquella voz se hubiese vuelto comprensible para él.
Bramó silenciosamente, preguntando a su dulce amigo si podía serle útil de algún modo, y él, después de haberle mirado amorosamente durante mucho tiempo, volvió ha hablar:

  • “Conozco tu gran corazón lleno de Amor. Sé quién eres, pero ninguna criatura sobre la Tierra me puede ser de ayuda en esta hora, aún si con tu proximidad y el calor de tu Amor, has aliviado la mordaza que me apretaba el corazón, por un instante”.

El ciervo blanco bajó la cabeza confundido, cerró los ojos y se abandonó a la magia de aquel momento.

  • “Hélos aquí!... Se aproxima el que me traiciona. Ahora márchate, pero te ruego que no intervengas. Guarda todo en tu corazón, porque todo lo que sucederá, es así como tiene que ser. “¡Ve!... ¡Ve!... ¡Ve!...”

El ciervo se refugió en la maleza y
asistió a la mayor de las traiciones con le corazón hecho pedazos y la extenuación de la impotencia.
Vio a Jesús, porque éste era el nombre de aquel hombre, arrastrado como un malhechor por los hombres armados. Vio que le maltrataban, que le escarnecían.
A él, que había consolado a todos los hombres. A él, que había predicado el Amor.

Le siguió por todas partes y advirtió que podía verle incluso a través de las cosas. No había obstáculo que pudiese detener su mirada. Sentía sobre sí mismo todo el dolor de aquel pobre cuerpo martirizado por la monstruosidad del alma "humana".
Estaba en simbiosis con él.
Vio el cuerpo golpeado por el látigo y por los esputos de los soldados; vio la cabeza cubierta de espinas y una gran cruz pesar sobre aquellas frágiles y sin embargo potentes espaldas. Sintió la desesperación de los amigos fieles que amaban a Jesús; la mortal pena que pesaba sobre el corazón de María, su madre, y de las demás mujeres.

Sintió todo esto y su corazón estaba oprimido, por una mordaza despiadada tan fuerte como para exterminarle, pero tenía fe en la palabra dada a Jesús.

Llegados a la cima de la montaña, lo clavaron en aquella cruz.
El ciervo blanco se abatió destruido por el dolor.
Su cuerpo era sacudido por violentos temblores y todo lo que había alrededor suyo había perdido todo significado.
Quedó amodorrado, envuelto por un torpor hecho de niebla y de dolor; nunca supo por cuánto tiempo. Ahora la tiranía del tiempo ya no tenía presa.

Después oyó gritar a Jesús y exhalar el último aliento.
Todo el cielo se oscureció.
La Tierra fue recorrida por un temblor de rebelión contra aquel enésimo crimen cometido por la “humanidad”. Todos fueron presos de espanto y se pusieron a correr para encontrar un refugio. También los soldados estaban atemorizados y uno de ellos dijo:

“Ciertamente ese hombre era un justo.”

El ciervo blanco encontró la fuerza, aún si trastornado, para aproximarse a la cruz y lamer los pies de su Dios.
Nadie se fijaba en él; parecía que ni siquiera le viesen.
Permaneció así hasta que un hombre devoto de Jesús vino, le quitó de la cruz, y después de haberle envuelto en una sábana, lo depositó en un sepulcro nuevo. Todos en cortejo lo acompañaron, y el ciervo blanco cerraba la fila, ignorando por todos.

Cuando los amigos, los discípulos y las mujeres se marcharon, él se acurrucó al lado de la entrada del sepulcro, donde había sido puesta por los soldados una gruesa roca, éste permaneció allí con el hocico entre las patas, sin hacer nada, pensando en todo aquello que en tan breve tiempo había aprendido. Llorando, silenciosas lágrimas interiores, por la pérdida de un bien tan precioso.

Comenzaba a amanecer, cuando oyó un ligero rumor, como un zumbido. Puso tiesa la oreja derecha y abrió los ojos. Vio venir hacía él una gran luz, y en aquella luz dos hombres de extraordinaria belleza.
Le sonrieron  y, tocada la piedra, la desplazaron, como si fuese una pluma.
El ciervo se puso en alto de un brinco y con inmensa alegría y estupor vio a su Dios sentado en el lecho, con el sudario plegado a un lado, y las vendas que le envolvían al otro lado, en el suelo.
Sonreía e irradiaba una luz purísima.
Una música dulce se oía en el aire. Después Jesús habló:

  • “Amigo mío, estoy contento de volverte a ver.”

  • “Mi Señor –balbuceó el ciervo-, “mi Señor”...

Y no supo decir más.
Jesús entonces le acarició en el hocico cándido como la nieve y lo despidió diciéndole:

  • “Ahora vete con estos mensajeros... Vete a los pastos de mi Padre. A los maravillosos jardines de su morada. Yo todavía tengo que hacer cosas aquí... He aquí, viene María, y yo me debo mostrar a ella primeramente. “¡Ve!... ¡Ve!... ¡Ve!...”

Después, para el ciervo fue como si el mundo explotase en una noria de colores y música.
Se sintió arrastrado en un torbellino y, cuando volvió en sí, en torno a él se extendían dulces colinas y delicados prados; paisajes de extraordinaria belleza, rociados por una luz dorada y en el aire suaves perfumes se expandían dulcemente.
Las aguas de los arroyos tenían el sabor del néctar de las flores. Todo era armonía; hablaba del Padre y de su Hijo.

El ciervo dejó que sus ojos contemplasen aquella magnificencia, hasta que su alegre naturaleza comenzó a sentir la falta de algo no muy bien definido; algo que ponía un velo de tristeza en sus dulces ojos.
Sí, quizás era la soledad.
Como todos los seres vivientes, deseaba estar con sus semejantes, reconocerse en ellos, jugar y revolcarse con alegría en la hierba.
Todavía no había acabado de formular ese pensamiento cuando, cerca de él, vio un Gran Ciervo anciano y sabio que le miró con aquel Amor y que, con una sonrisa enigmática, le dijo:

  • “BIENVENIDO, AMIGO MIO. VEN”.

El ciervo blanco le siguió y, apenas pasada la cima de la colina, vio un gran valle donde mil ciervos blancos jugaban y se perseguían alegremente.
Enseguida fue preso de un gran deseo de correr con ellos y miró al Anciano Ciervo con una muda pregunta en los ojos.

Y el Anciano Ciervo le respondió: “¡Ve!... ¡Ve!... ¡Ve!...”





Después de leer esta historia profunda,
tocante en el Espíritu, 
Eugenio añadió:
"Carla eres la más maravillosa de las flores. 
No he sentido nunca in mi vida, tantas maravillosas emociones 
como he sentido leyendo este escrito tuyo.
Eres una poesía del cielo hijita, una poesía del Cielo.
Pienso que el Señor ha hablado a tu corazón y a tu mente.
Debes alegrarte. Debes alegrarte. Tienes que ser feliz.
¡Es estupendo!

¡Yo quisiera, deseo que esto sea leído por todos!
De todos aquellos que puedan leerlo, y ¡que tengan el coraje de leerlo!
Por ello intentaré de hacer todas aquellas copias que podré, te pido el permiso para poderlo hacer.

Y luego, después de tu firma Carla, yo quisiera poner un pensamiento mio, si tú me lo permites. 

"¿Qué pensamiento sera?"-. le pregunta la pequeña Carla.

Te lo haré conocer luego, ahora no te lo podría decir porque estoy muy conmovido.
Es grande el Señor, ¿eh?..... Precioso. 

"CARLA, uno de los nuestros,
una lágrima de Jesús 
transformada en una sonrisa de Vida y de Amor". 

A vosotros queridos hermanos, y queridas hermanas:

Nuestra Conciencia es la linfa que Cristo, ha infundido 
en nuestros Espíritus 
despertados en el tiempo del retorno 
de Aquel que nos amó, e nos ama.
Su Genética la hemos protegido, 
y la Luz que santifica el Espíritu 
en la Inmortalidad resplandece 
como siempre, 
en el triunfo de la Eternidad.

La certeza de ser los brotes 
de una Raíz fecunda de Vida,
de Paz,
de Amor y de Justicia,
nos concede la inmensa, incomparable alegría
de poder decir: 
SOMOS SIEMPRE NOSOTROS,
LOS HIJOS DE DIOS. 
LOS FRUCTIFICADORES 
DEL PRIMER ÁRBOL DE LA VIDA EN EL MUNDO.
SOMOS LA SAL Y LA LEVADURA DEL AMOR,
Y DE AQUEL QUE ES EL CAMINO, 
LA VERDAD Y
LA VIDA. 

SOMOS LOS CAMINANTES 
DE LA SUPREMA INTELIGENCIA,
A FIN DE QUE 
QUEDE LA HUELLA IMBORRABLE
DE LA DIVINA POTENCIA DEL CREADOR 
Y DE SU PATERNA AMABILIDAD.

HEMOS NACIDO DE LA LUZ, 
SOMOS LOS SÚBDITOS DE SU REINO,
SOMOS UNA ÚNICA COSA CON 
SU ESPÍRITU CREANTE.
SOMOS LOS QUERUBINES
HECHOS CARNE Y SANGRE.

SOMOS LA PALABRA, 
LA FUERZA Y EL ALMA DEL COSMOS,
SOMOS LA ETERNA EXPRESIÓN DEL AMOR CREANTE
LA EMANACIÓN DE LA IDEA CREATIVA
LA SOLAR BELLEZA DEL INFINITO.

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